Una esbelta silueta escamada planeaba por encima del pueblo, a baja altura, casi rozando los tejados más altos.-¡Dragones, dragones! -la voz del muchacho se escuchó en el pueblo antes de que su propietario apareciera tras las colinas. Los pocos hombres que no habían salido a pescar levantaron la vista de las redes que estaban remendando y se miraron unos a otros, con una expresión entre asustada y esperanzada. Alguno incluso llegó a echar un vistazo rápido al despejado cielo.
-No es posible. Hace muchos años que el último dragón abandonó los acantilados -comentó Filluhn, el más viejo de la aldea. Pero... ¿Y si lo era?
El niño apareció por fin. Se trataba del hijo menor del panadero, que corría hacia su casa como alma que lleva el diablo. Jhunne, que así se llamaba el pequeño, gritaba su proclama a pleno pulmón.
-¡Dragones! ¡Vienen los dragones!
-Mal rayo parta a ese chico -dijo Svence, un pescador demasiado viejo para salir a faenar.
-¿Por qué, Svence? -rebatió Filluhn-. ¿Acaso piensas que es mentira?
-Pues claro que es mentira. El niño es un mentiroso compulsivo que siempre termina liándonos a todos con sus embustes. No sería la primera vez que lo hace.
-Yo le creo, viejo cabezota. Sabe lo importantes que son los dragones como para inventarse algo así -declaró Filluhn con solemnidad.
-Y yo te digo que no es cierto -en ese instante una sombra enorme empezó a cubrir el valle. Los ancianos levantaron la cabeza y se quedaron mudos de asombro. Una esbelta silueta escamada planeaba por encima del pueblo, a baja altura, casi rozando los tejados más altos. Y detrás del primer dragón vieron a otros, a una manada entera. Pasaron de largo y se dirigieron a su antiguo hogar, los Acantilados de los Dragones.
Los corazones de los pescadores se emocionaron y corrieron todos juntos hacia el pueblo. Tanto fue la exaltación, que el viejo Svence comandó por unos instantes la muchedumbre.
Jhunne, aún era muy joven cuando el último dragón desapareció de las colinas, pero aún así conservaba en su alma el espíritu del orgullo de los dragones.
- Siento alegría - preguntaba Jhunne, cansado - pero no entiendo porqué. ¿Por qué nos entusiasma el regreso de los dragones? ¿Qué los hace tan especiales?
Filluhn, que estaba al lado del chico, responde:
- Algo así nos sucede a nosotros... hay como un vínculo. Un enlace mágico que nos une.
Filluhn siguió corriendo sin percatarse que Jhunne se llevaba las manos al pecho y caía al suelo. Pero la visión que tenían al frente de ellos era aún peor: un dragón que al principio se veía vigoroso, se precipitaba y se golpeaba contra las rocas de una montaña. Como si algo invisible le estuviera torturando.