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Verónica era una niña muy linda, tan linda como una estrellita brillante o como una rosa es su frescura esplendorosa. Era princesa, hablaba y se comportaba como princesa. Era en realidad como la habían enseñado: ella era una princesita bonita y querida para su familia. Su madre le daba todo lo mejor que podía, porque además se lo merecía no sólo por ser princesa y bonita (porque también existen princesas feas) sino por portarse muy bien. Solía obedecer a su mamita en todo. Se bañaba cuando su mamá así se lo indicaba, comía toda su comida, hacía su tarea y a pesar de ser princesa, ayudaba mucho a su mamá en las tareas domésticas. Pero sucedió que un día Verónica comenzó a cambiar. A veces se le pasaba la hora del baño y no se bañaba, otras veces dejaba la comida y se negaba a tomar sopa. Tampoco siguió mostrando interés por los estudios. Su mamá estaba realmente alarmada con el comportamiento de Verónica. La niña todo el día lo pasaba mirando el cielo, enceguecida por el sol. Deya, su madre, la llevó al médico y éste dijo que eso era simplemente transitorio y que se le pasaría. Le recetó unas vitaminas y le pidió a Deya que esperara un breve tiempo para ver que sucedía. Pues nada Verónica, pasaba los días mirando el firmamento. Lo que nadie sabía era que Verónica había quedado enamorada del sol.